La casa de los cuentos

Noticias [1]: el tren del amor [2]

Publicado por Visitante en 17 Jun 2003 - 08:20 AM

Noticias [3]

EL TREN DEL AMOR


Me detuve delante del viejo meublée. No era del todo ilegal, pero el uso real que se le daba al local, superaba en mucho el de bar-güisquería con el que estaba catalogado. Y...

... Y eso se sabía en todo el barrio.

A estas alturas, apenas empezada la historia, ya habréis advertido que la parada ante el burdel no era casual y mi padre, que no es tonto porque salió al hijo, también lo supuso. La excusa fue atarme el cordón de los zapatos. Fue ésta como pudo ser otra. Ni era importante negar la casualidad ni admitir la excusa. Era sólo cuestión de empezar a dar pistas a mi padre, pequeñas piezas marcadas en el discurso para minimizar el impacto.

  • He empezado a escribir una historia.- le dije al tiempo de incorporarme desde mis zapatos.

  • ¿Ah, sí?, ¡Qué bien!. – dijo al reanudar la marcha.- ¿Es otro de los cuentos que cuentas?- Soy cuentacuentos, aclaro.

  • No, esta historia se lee.- tregua - Se la voy a dedicar al abuelo.

Mantuvo la calma, pero su leve pausa al andar no logró ocultar la sorpresa.

Mi abuelo había vivido en un lupanar. Era lo que se llama un auténtico hijo de puta. El drama es que era como decir que de nadie más, un agujero sin fondo abierto en el genograma familiar.

Mientras mi padre vivía con pudor la mención de tal herencia, a mi hermano y a mi nos divertía ese pasado; nos atraía el mundo de andanzas posibles que creaba la situación. Seguramente eso era así porque el presente no se nos vestía de tanta aventura como esa realidad tan dada a generar ficciones de la misma manera que generaba abortos o hijos de madres solteras.

- La historia va de un prostíbulo ambulante que vive y se traslada en un pequeño tren con una locomotora de carbón y dos vagones, uno con bar y salón y otro con estrechos reservados. Los hechos transcurren en los años 1920 o 1930 cuando ésto, simplemente, podría ser posible.

Los narradores serán varios, pero el principal será un niño que viaja en el tren y que está a cargo de la puta más vieja de todas; la que ya no sirve justamente porque está en edad de cuidar nietos y de negar hijos. Es un niño que vive con una inconsolable sensación de rutina los quincenales cambios de destino. Soporta con disgusto mal disimulado las reacciones de menosprecio que recibe cuando, en cada parada, va a hacer los recados de sus tías, las más guapas y presumidas del mundo, a las tiendas del pueblo. Conoce todos los secretos de mercerías y de lencerías, de mareantes efluvios de perfumes caros y de lo que esconde lo que, antes de cobrar, sus tías sólo insinúan. Más de una vez le tocó fregar espaldas con sus manos limpias de intención. Pero claro, ese tesoro en manos de la infancia mayoritaria, era un desconocido botín para quien no tiene a nadie para discutir de botines.

Conclusión. Esa vida curtida a ojos de todos, para él no era más que tediosa rutina. Con la necesidad de mejorar sus dosis de sorpresas, hizo lo que muchos hacen. Echar mano de la fantasía. Con ese afán, se buscó al conductor de la locomotora para que, en las noches de trabajo, le explicase alguna historia. Él era el único que no trabajaba por la noche. Nunca iba al salón y mucho menos al reservado. Por eso, en cada estación se sucedían las historias. Así, entre baño y baño con sus tías, entre bellos ajustes de corsé y puntillas, el niño aguardaba la nueva parada del tren para llamar a Juan el manco y que fuese a explicarle nuevas historietas.

Al niño le daba la impresión que no se trataba de hechos reales, pero en ese caso, pensaba, tanto mejor. El manco era muy bueno inventando y también contando. Le hablaba de los primeros días de viajes en el tren del amor, de sus legendarias paradas en el pueblo de las iglesias, donde todas las casas eran seos, parroquias, catedrales o ermitas. Ésas eran las únicas estancias del pueblo. El único puesto de trabajo posible en esa localidad, obviamente, era el de cura, monja, prior u obispo. Se decía que el Papa existía, pero nadie le había visto nunca. Todos los visitantes de la localidad eran peregrinos que iban a hacer una sola cosa: confesarse. De esta manera, se organizaban excursiones devotas casi cada semana, pero cada vez eran menos los pecadores que iban a buscar la salvación. A Juan el manco parecía divertirle explicar como la llegada del tren del amor había revitalizado el pueblo de tal manera, que incluso había conseguido promover la construcción de un enorme seminario. Durante las semanas en las que el tren estaba anclado en la estación, la afluencia de penitentes se convertía en un río humano. Lo que nunca se supo fue si era también un cauce de almas arrepentidas. El niño no acababa de entender la relación que podía tener su tren con los pecados. Yo, pensó, solo puedo ir a confesar lo que reconozco como pecado y nunca, nunca podría hablar mal del sitio donde vivo, donde tengo tantas tías que me cuidan y donde como cada día.

Leyendas como esta iban reuniéndose en la cabeza del pequeño. Y mientras tanto le pasaban los días al niño como le pasa el tren a los apeaderos.

Una vez cada dos meses la Madam y el Mesié del negocio decidían la ruta a seguir. Enviaban y recibían un par de correos para saber las horas de paso de los convoyes comerciales y los regulares y así no coincidir con ellos en la misma vía. Decidido el itinerario, quedaba expuesto en un cuartucho del primer vagón, rincón destinado a hacer caja, preparar sobornos y despachar asuntos de los que se despachan. Por la noche, Juan el manco repasaba el trayecto con el niño y él sólo veía una línea trazada en un papel, su vida atrapada entre raíl y raíl, entre parada y parada, sólo una trenza de eslabones que le iba encadenando.

La hoja de ruta le servía a Juan el manco para desperezar otro recuerdo aliñado de fantasía. "Me acuerdo del día –dijo pensativo- que decidimos coger por primera vez la variante que iba hacia el interior. Nos alejamos de la costa tan rápidamente que uno podía llegar a dudar que el mar existía. Con el tiempo me di cuenta de la suerte de tener un raíl que nos llevase hasta algún puerto, que es donde empiezan las vías del mar.

"Paramos varias veces en el camino para cargar carbón, troncos y agua y para asearnos un poco. Cuatro o cinco horas más tarde, llegamos a un pueblo pequeño, parecido a todos los pequeños pueblos a los que llegábamos. Era el pueblo de los intelectuales jubilados. La primera visita fue al bar. Ahí ya conocían nuestra llegada. Las buenas noticias, igual que las malas, son las primeras en llegar. Me sorprendió que lo primero que nos preguntaran no tuviese nada que ver con nuestras estimadas compañeras de viaje.

  • ¿Es cierto lo que dicen?. Usted que viene de ahí lo sabrá, dijo uno.
  • ¿Es verdad que el mar se puede levantar como una manta, cuando está dormido, y así coger todos los peces?, añadió otro.
  • ¿Es por eso que los barcos pescan por la noche?, terció otro más.

"Todos parecían ansiosos para que les confirmase que su hipótesis era la acertada. Ese parecía ser el único ansia que nuestra presencia había despertado. Mientras sorbía la espuma de la cerveza imitando el sonido del oleaje en el rompeolas, contesté,

  • Son cosas que se dicen, pero yo no las creo.
  • ¿Acaso no hay pruebas de que eso es posible?- Preguntaron con nerviosismo.
  • No es eso –Contesté sin comprender- Es que los pescadores van muy lejos para pescar y no se alcanza a verlos.
  • ¿Ha probado usted de levantar al mar des de la costa?. Eso constituiría un hecho fenomenológico que. . .
  • Yo no soy fenomenonada –Protesté. Me estaban tomando por tonto.- En cambio voy a decir una cosa para que vayan pensando.- Tomé aire y continué- ¿No es pensar la primera prueba de la negación de la posibilidad de los hechos?.

" Se quedaron perplejos, pensativos. Nadie, ninguno de ellos entendió esa parrafada como lo que era: una provocación. De allí no sacaríamos ni un real. Así que marché hacia el tren y sin preguntar encendí la locomotora y marchamos de allí. Una pena, después de todo."

A veces al niño se le quedaban preguntas en la punta de la lengua. Pero no las hacía. El manco era bueno contando pero no escuchando preguntas. Hablar con él significaba invitarle a vino y esperar los primeros efectos narcóticos para ver que es lo que le brotaba de los labios. Podía tratarse de un cuento, de una confesión o de un relato inaudible, entrecortado entre sollozos producidos por las mezclas del alcohol y los estados de ánimo. Así eran las noches de Juan y el niño. El manco, refugiado en el alcohol y el niño, en las producciones que provocaba. En esos días en que el tren del amor descansaba en las vías muertas de las estaciones para dar vida a los anestesiados por la costumbre, no todo, en ese tren, ocurría en la locomotora de Juan y el niño. Alguien más vigilaba a través de los cristales lacados del vagón - bar. Otro tipo de estancia, otro tipo de experiencias , otro tipo de historias.

Te mentí

Cuando dije que podría hacerlo

Me siento borrosa, perdida

Cobarde para hacerlo

Aún deseando la capacidad

Como la llegada de un milagro.

Y no ocurre.

Y cuando menos me lo espero

Estás ahí y te veo y me miras

Y sonrío y te acaricio la cara

Y cuando duermes te beso el ombligo

Que es la única forma que he

Encontrado de quererme

Y te veo jugar y soñar despierto

Como un niño normal

Hijo de su puta madre

Que le quiere que creciese

Con el mismo deseo

Con el mismo anhelo

Que tuvo de no querer que naciese

Pero nació.

Me miro las muñecas,

Nunca te las cortes en horizontal,

Pero lo hice

Las lágrimas deforman las cicatrices

Por suerte no lo logré.

No abrí la ventana vertical

Ni me fui a morir a otra parte

Estoy viva para verte crecer

Con mi silencio fiel a mi lado.

Cuando una piensa, se le pone cara de ganar poca clientela y a la madre del niño, con esos pensamientos que nos explica en la voz baja del silencio que lee despacio en la memoria, ya hace rato que no se le acerca nadie.

Toma un sorbo de su mal güisqui. El camarero le recuerda que deberá cobrarle mientras no logre que alguien le invite a colorante del bueno, pero ella insiste en no hacer caso, mirar por la ventana y ahogarse en el recuerdo mientras ve de nuevo a su ojito derecho charlar con el manco, "de qué deben hablar", como cada noche de trabajo.

"Te acordarás", le había dicho cuando apenas bebé lo cedió a la decana de las prostitutas. Le había besado en la frente y después en el ombligo. Lloró y escribió con esa pena unas líneas que se atropellaron en un papel que aún guarda. Ella sí recuerda lo escrito, y cada día que se asoma su corazón a la melancolía, se agarra a la evocación de esas líneas, recitándolas como si fuesen poesía, aunque no lo son pero sí.

A pesar de usar siempre manga larga para ocultar las cicatrices, no había manera de ocultarle el niño. Había decidido no decirle nunca que una de sus tías le tuvo dentro, y se conforma, a ratos ni así calma al alma, con verle crecer. Y a ella le crece la culpa con cada suspiro de silencio que se traga.

Una decisión es un callejón sin salida y sus compañeras velan su secreto por los siglos de los siglos que dure su vida. Más de una se muerde las uñas como si mordiese palabras y así dejar de nombrarlas. Encomiable labor de cuidado y de apoyo la de las putas para con la puta. Un día, años más tarde, velarán el velatorio auténtico de la madre soltera a la que velaron sólo mujeres y un chico, ya casi hombre. Nadie, ninguna de ellas le dirá nada. Con su sola presencia afirmará conocer lo que callará él también a sus propios hijos. Todas comprenderán, aunque nadie sabrá desde cuando lo sabía. Quizás al manco se le soltó la lengua. Una vez ya le pasó y por eso era manco de la pierna del medio, pero nunca se sabrá, ya que también él se fue años antes. Murió con el tren del amor.

El chico, ya hombre, habrá ido al entierro de su madre con su primera esposa ya encinta. De su segunda mujer, con la que no pudo casarse por prejuicios de esa tierra y esos tiempos, naciste tú, mi padre. Igual que él, sin apellidos de padre. El hombre que fue chico que fue el niño de esta historia te calló la suya con el mismo principio vital de su madre, sobre el saber y el sufrir.

Ahora yo te regalo ésta para que sepas y entiendas que tu silencio no te lo cobro con poco.

  • Ahora, padre, dime mirándome a los ojos si ésto es lo que ocurrió de verdad.

FIN

Enlaces
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