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Colaboraciones

Otro: Viaje a París. Cuento de Gil Antonio Ballesteros Alcalá.

Publicado por numancia en 05 de Jul de 2007 - 06:21 AM

Otro

 

VIAJE A PARÍS

 

Gil Antonio Ballesteros Alcalá

 

            Antesdeayer troqué mi maleta y todo su contenido por dos jornadas más de hotel. Yo pretendía cinco, pero el recepcionista sólo me concedió dos. Dijo que nadie daría gran cosa por mi ropa usada y por dos maletas tan gastadas. Mejor dos días que nada, pensé, y acepté sus condiciones. Pero finaliza el plazo y tengo que regresar. Hoy, además, hace mucho frío y en Tati gasté mis penúltimos ahorros en un grueso jersey que no hace bolas.

            Las horas han transcurrido veloces y, a la que me descuide, llegaré tarde a mi vuelo. He olvidado el camino al Aéroport y, si me demoro más, me quedaré sin tiempo ni dinero. No sé a quién preguntar, todo el mundo camina con prisas y gestos contrariados. La única excepción es una muchacha morena detenida frente a un semáforo ciego.

            Embutida en un abrigo blanco que no es el suyo, y abrazada a sí misma para espantar el frío, que enrojece su nariz y sus orejas, aguarda el permiso del semáforo para cruzar la calle. Con mi penoso francés la interrogo sobre el camino más corto a Orly.

            Me mira sorprendida y temo que, de contestar, hablará tan rápido que no la entenderé. Sin embargo, sonríe y pregunta si hablo español.

            - Es lo único que hablo, y no muy bien.

            - Ah, entonces n’est pas probleme, conozco un atajo que te permitirá llegar en un suspiro.

            - Prefiero el camino más sencillo, no quisiera perderme.

            - No tiene pérdida, yo te acompañaré. Llevo dos horas y media esperando que la primavera invada el semáforo, también me conviene tomar el atajo. Ven, sígueme.

Voy tras ella calle abajo, intentando no perderla entre el gentío multirracial que abigarra las aceras. Me conduce hacia una galería que atraviesa varios edificios, y se detiene frente a la puerta de una tienda en la que se amontonan arcaicos y polvorientos objetos. Me invita a entrar en el extraño anticuario y, en cuanto se cierra la puerta tras de mí, sonríe de nuevo, me toma del brazo y dice:

            - Ya está, ya podemos salir.

            Me dejo llevar con desconcierto que intento disimular, y volvemos a la galería. Todo parece tal como unos segundos antes, excepto que los transeúntes han ahuyentado de sus rostros los gestos de malhumor y apresuramiento que anteriormente mostraban, y en sus ojos se percibe alegría.

            Salimos a la calle y se desabrocha el abrigo. Yo aflojo el nudo de mi corbata porque también he comenzado a sentir sofoco. Nos cruzamos con La Seine, que se ha salido de su cauce y nos saluda, quejoso por llevar tantos y tantos años discurriendo por París, desde antes incluso de que la fundaran, y no haber visto más que de lejos esa Basilique que tanto oye nombrar a los turistas en les bateaux que le navegan, y luego se despide y se va trepa que trepa por la ladera del Montmartre. Serpentea por la colina el anciano río, desafiando la gravedad y a su ley, porque no le han dejado tomar le Funiculaire. A cada revuelta se aproxima trabajosamente a la cumbre, formando presas y represas a las que acuden a refrescarse gorriones y palomas, sorprendidos por tan inesperada visita.

Nos despedimos del río con nombre de mujer y caminamos hasta la Place des Vosges. Está toda nevada, blanquísimo el suelo y entre rosa y verde los árboles. Un tenue viento cimbrea las ramas de magnolios y castaños, curvadas por el peso de los rosados copos que soportan. Pese al paisaje invernal, sigo sin sentir frío. Los árboles parecen a la espera de que lleguen transeúntes desprevenidos para descargar sobre ellos su níveo cargamento. Pero, excepto por nosotros dos, la plaza está desierta.

            - ¿Te atreves? -pregunta la chica-.

            En cuanto miro mis pies entiendo a qué se refiere. Sentía desde hacía unos minutos un precario equilibrio, y un cosquilleo extraño en las plantas de los pies. En mis zapatos han crecido cuchillas y la chica no espera mi respuesta. Ya se desliza por el suelo helado, sorteando los troncos que la intentan atrapar y evitando los copos que las ramas le lanzan entre risas. Sabiendo que un segundo después me daré un trompazo, me lanzo tras ella. Mil proyectiles rosados vuelan silbando hacia mí, y cada vez que pierdo el equilibrio sus impulsos me levantan y me acercan a la muchacha, que piruetea sin dejar de reír. Toma mi mano y, guiándome, describe una graciosa elipse que nos dirige hacia la salida.



            Trompicados por la inercia, y ya sin cuchillas en los zapatos, nos sujetamos a una farola para no despeñarnos en el acantilado que se abre a nuestros pies. Nos asomamos cogidos de la mano y con mucha precaución para espantar el vértigo. Un apacible mar de caramelo descarga sus cálidas y densas olas sobre los bordes de les Champs Élysées. Un poco más allá, la Tour Eiffel protesta porque todos los zapatos que los zapateros de torres metálicas prueban en sus pies, le aprietan. Los manda a paseo, dice que al día siguiente continuará la probatura y marcha a saltar a la pata coja de uno a otro lado del cauce seco de la Seine, que a lo lejos sigue escalando la montaña.

            Un vagabundo desarrapado, con barba de doscientos días y mucha hambre olvidada, se afana en encender con una cerilla gastada un haz de retorcidos troncos que ha encontrado arrumbados en le Jardin des Tuileries. La noche promete ser fría, traduce la chica las palabras del vagabundo, que nos invita a entibiarnos al calor de las llamas adivinadas en aquella hoguera sin encender.

Junto a nosotros pasan apresurados tres gendarmes. Escoltan hacia la Prefecture a la Place de la Concorde, que se encogió por el frío y no se quiere extender.

            - ¡Cuánto más me estiro, más frío tengo! -protesta la plaza mientras sacude la escarcha que la recubre, y un grupo de turistas le da la razón. Pero los policías, desoyendo sus protestas, se la llevan esposada. Uno de ellos carga al hombro con l’Obelisque, y con la otra mano amenaza a los turistas revoltosos con una gigantesca piruleta de colores que de vez en cuando lame con delectación.

            Mientras tanto, una larguísima fila de delincuentes guarda turno ordenadamente frente al Louvre para adquirir el tiquet que les permitirá perpetrar uno o dos delitos, el máximo que por día autoriza el Ayuntamiento.

L’Arc de Triomphe parece atormentado por sesudas reflexiones, sin decidir por cuál de las doce avenidas que cosquillean sus pies paseará. Alarga uno de sus brazos para probar el caramelo espumoso que se deposita muy cerca de él, y hace un gesto de aprobación cuando lo saborea.

            Le Centre Pompidou y l’Hôtel de Ville se han reunido con la Sorbonne, y los tres se van del brazo hasta la Bastille.

Marte ha cambiado uno de sus Champs por la Grande Pyramide du Luovre, y corre con ella hasta le Moulin Rouge, que le recibe como a un viejo amigo al que hace tiempo no ve. Entrambos desarman la Pyramide, y la vuelven a montar en forma de transparente balón que le Moulin voltea con sus aspas en imposibles juegos malabares. Mientras, Marte se rasca el ombligo y se parte de risa cuando cree que el balón de cristal y aluminio, tras el errático vuelo, se estrellará contra el suelo, aunque en el último instante las aspas de su amigo lo elevan de nuevo para reanudar sus caprichosas piruetas.

            Los pintores de Montmartre deliberan si pintar o no pintar sobre Notre-Dame lunares fosforescentes, porque alguien ha dicho que parece un mamotreto, pero huyen espantados por los gritos desaforados de una menuda mujer a quien impidieron seguir sus estudios de arte dramático en la Comédie porque, cuando hacía frío, se encogía como la Concorde hasta casi desaparecer, y los espectadores que asistían a sus funciones corrían despavoridos al oír los alaridos de un vestido desprovisto de cuerpo.

            Pasa una ambulancia haciendo eses. Ha perdido su ululante sirena, que se baña en el mar de caramelo que llena las calles, y el copiloto, para hacerse notar, repiquetea unas castañuelas. El conductor le hace coro pandereteando sobre la chapa con su mano libre, de la que ya se han desprendido dos dedos congelados.

            Veinte mil turistas esperan a uno y otro lado del cauce vacío a que los puentes decidan si, mientras falta el río, vuelven a sus puestos o continúan su partida de cartas. Les bateaux aprovechan para secar al sol sus barrigas, y una gaviota bizca intenta atrapar los peces que se protegen enterrados en el lodo. Un citroën con vocación de submarino ha aparecido, nadie sabe cómo ha sido, junto a <personname productid="la Cité">la Cité</personname>, y habla con un piano tartamudo sobre las vueltas que da la vida.

            Unos remeros, atascados en el barro, continúan remando en el aire para no quedarse fríos, mientras regresa a su cauce el río.



            Los pintores, perseguidos por la mujer de los gritos, se refugian en los cafés de la ribera, pero salen cuando alguien propaga la noticia de que la Seine ya se asoma y saluda sonriente desde le Sacré-Coeur, a cuyas cúpulas, que brillan bañadas por su agua, ha conseguido trepar. Todos piensan que, concluida su visita cultural, el río regresará a su cauce natural, y advierten a los puentes para que a su regreso no se mojen las cartas de las barajas con que juegan. Ya son cincuenta mil los turistas que se agolpan en las orillas y arriesgan sus billetes por el resultado de la partida. En le Pont de l’Alma es en quien más apuestas confían.

            La muchacha que me guía con gesto de princesa y risa de carnaval, me avisa para que corresponda a los árboles de las avenidas, que nos saludan agitando acompasadamente sus ramas, mientras las flores del Jardin du Luxembourg rozan sus delicados pétalos para componer los sonetos que nos dedican.

Bajamos flotando los escalones de una boca de Metro, pero aparecemos en el Aéroport de Orly. Por la megafonía anuncian que continúa el concurso de los anillos de humo, y que sólo los viajeros que superen las pruebas podrán tomar su avión. Un japonés achinado se queja porque no ha fumado en su vida, y alguien aduce que las normas son las normas, aunque uno venga de Japón, y no se permitirán excepciones. Luego le presta un libro de autoayuda para que en menos de diez minutos aprenda a formar volutas con el humo de los cigarrillos. Las figuras que más puntúan son las que se elevan en forma de corazón, aunque las que planean y al llegar al techo se lanzan en picado otorgan también mucha puntuación.

He perdido de vista a la chica del abrigo blanco, y pregunto al japonés por ella; él contesta que está muy ocupado aprendiendo a fumar y que, además, todas las europeas le parecen iguales.

            Reaparece el vagabundo de la hoguera imaginada, que mira a su alrededor con perplejidad. Sujetos por una cuerda, arrastra tras él los troncos retorcidos, que se han alisado y convertido en brasas que pronto quedarán reducidos a rescoldos y cenizas, unas cenizas que habrá que aventar para que los niños no se tiznen sus rostros limpísimos. No puedo preguntarle por la muchacha, quizá pronto lo haga, porque aún no he aprendido el idioma de los vagabundos.

            Me asomo a una de las grandes cristaleras de la sala de espera, por si la veo, pero no encuentro ni su rastro. El desesperado japonés sale tosiendo y escupiendo de los lavabos porque ha encendido por el filtro su primer cigarrillo. Por la megafonía oigo anunciar mi vuelo y siento, desolado, que se me agota el tiempo. La chica sigue sin aparecer. Una niña pecosa, quizá tenga seis años, quizá tres, abraza su muñeca pelirroja mientras me mira y me saca la lengua. Yo le guiño un ojo y arrugo la nariz, y cuando muevo las orejas rompe a reír y se acerca.

            - ¿No subes al avión?, me dice en un idioma que nunca he oído y que, sin embargo, comprendo.

            - Creo que no.

            - ¿Qué harás con el billete?

            - Se lo regalaré al japonés, para que no lo dejen en tierra. Si se lo toma a pecho, a lo peor se enfada y se hace el harakiri, y mancharía de sangre el suelo. Toma, ¿se lo das?

            - ¿Y qué harás tú?

            - Voy a buscar troncos retorcidos para reavivar la hoguera de ese vagabundo. Mientras tanto, quizá una chica, con un abrigo blanco y la mirada preñada de sueños, pase otra vez por aquí y me enseñe otro atajo para seguir contemplando maravillas.

 

 

 


 
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