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Colaboraciones

Otro: Un puerto en el fin del mundo.

Publicado por numancia en 27 de Sep de 2006 - 02:53 AM

Otro

            

         Un puerto en el fin del mundo. 

Cuatro pasos bajaban rápidamente desde el mercado, caminaban por la rambla del pequeño pueblo portuario, se acercaban a los pescadores, compraban una docena de almejas y tres limones. Ella y él  abrían las conchas y tras exprimir el jugo de la fruta sobre la carne rosada y fresca,  la devoraban. Continuaban su loca carrera comprando a las floristas un par de rosas rojas, a los pasteleros dos pasteles de mil hojas caseros y rellenos con un rico manjar, espolvoreados con azúcar flor. Por último llegaban al roquerío situado al lado del muelle abandonado. Allí se sentaban y esperaban la puesta del sol. Apenas ésta se anunciaba, los enamorados se limpiaban rápidamente la boca y se besaban, y entre beso y beso contemplaban extasiados el atardecer en aquel inmenso Pacífico.

 Frío y bravo mar era el que bañaba el puerto de San Antonio, pero en cada ocaso, el Océano se aquietaba, tal vez por los enamorados o tal vez por el sol que a esa hora se muestra dulce y complaciente.

La primera vez que fueron vistos, ellos se preparaban para realizar una extraña ceremonia. Habían comprado centenares de rosas, eligiendo con cautela las más bonitas, frescas y grandes. Después de la selección, pagaron sin regatear en total setenta y ocho de color rosa, noventa y cinco blancas, cien rojas y ochenta y siete amarillas. Desde la inauguración del mercado nunca se habían vendido tantas flores. La siempre curiosa mirada de los vendedores esta vez se vio reprimida por la magia que ellos desprendían y nadie se atrevió a preguntar nada, pero atraídos por el gesto extravagante que denotaba la pareja decidieron seguirles con prudencia.

Los enamorados se fueron caminando sin prisa hasta una playa desierta.

Se acercaron hasta la orilla del mar y desde allí eligieron el lugar idóneo para realizar un insólito ritual. Comenzaron delimitando un gran rectángulo de arena. Serenamente y a conciencia sacaron todas las basuritas hasta que desde lejos se podía apreciar la figura incólume. Poco a poco fueron tapizando la arena limpia con pétalos de rosas. Las flores fueron deshojadas con toda parsimonia a la vez que iban combinando sus colores con tanto gusto que parecían dispuestas para una exhibición. Cuando acabaron de cubrir la figura se podía ver claramente que era un lecho.

Con los pétalos sobrantes se hicieron dos coronas para adornar sus cabezas y un par de collares.

Al terminar con las flores guardaron los tallos. Ella sacó de un bolso un vestido azul de muselina, se quitó la ropa que llevaba puesta, sin que nadie pudiera ver ni un centímetro de su cuerpo, y se vistió con aquel atuendo; le llegaba hasta sus pies desnudos y por la forma de sus mangas daba la impresión que de un momento a otro volaría. Él, también se cambió la ropa, se puso unos pantalones azules y una camisa a juego con el vestido de ella: las mismas mangas y la misma tela.

A continuación se recostaron sobre la alfombra de pétalos y allí cogidos de la mano comenzaron a decir cosas que nadie pudo oír ni entender. Pasada una hora de reflexión los enamorados se arrodillaron frente al mar mientras hacían gestos como si saludaran a alguien.

El pueblo, que ya para entonces estaba concentrado en su totalidad, miraba y admiraba a los extraños y ante la escena sin igual no sabía qué pensar.

La pareja ya de pie comenzó a besarse. Primero la frente, luego los ojos después la nariz y terminaban en el mentón, pero no como lo hace la mayoría de la gente, sus besos eran realmente raros: frente con frente, ojos con ojos, nariz con nariz, boca con boca y mentón con mentón.

El espectáculo que brindaban era apasionante y curioso. Las formas y posturas que adquirían sus cuerpos, especialmente para besarse los ojos o bajo el mentón era digno de contorsionistas.  Mas nadie se rió, porque el ambiente que se fue creando era tan sublime que los lugareños temían respirar con imprudencia o ser simplemente irreverentes.

Cuando se intercambiaron las coronas y él sacó un  par de anillos de una bolsita que llevaba en el cuello, todos entendieron que aquello era sin duda alguna, una boda. Una ceremonia especial, sin sacerdote, ni pastor evangélico, ante el mar como único testigo. El pueblo embelesado se fue dispersando cuando la pareja comenzó a besarse en la boca con fruición. Los vecinos entendieron que la boda se había terminado y no era propio quedarse un minuto más.

Los días siguientes se hicieron verdaderas peregrinaciones hasta la playa. El santuario estaba intacto y para deleite de otros enamorados los pétalos permanecieron casi una semana sobre la arena. La mayoría se había secado, pero estaban juntos negándose a la separación. Un súbito viento de otoño acabó un lunes con el remanente que se negaba a abandonar el lugar. 

La pareja al comienzo se dejó ver de vez en cuando, casi siempre a la hora del ocaso. Hasta que no se sabe desde cuándo comenzaron con aquella espléndida rutina.  Al principio sólo compraban rosas, pero, cierto día, un pescador les invitó a saborear la cosecha recién extraída del mar. El hombre del mar sólo se había atrevido a hacerles un gesto con la mano. Era tanta la admiración, que sin saber ellos despertaban, que nadie se atrevió jamás a preguntarles nada.

Desde aquel día se sumaron las almejas al ritual.

El día en que decidieron agregar los pasteles de mil hojas, fue porque el aroma de la pastelería llegaba hasta el mismo puerto. Entre todas las delicias que ofrecía el local, se decidieron por éstos ya que el manjar o dulce de leche era lo que más les recordaba su infancia. Eso comentaba el pastelero años después, lleno de orgullo porque había sido una de las pocas personas que se atrevió a hablar con la pareja.

Con la sola presencia de los enamorados el pueblo comenzó a cambiar. Lo primero que decidieron era mantener limpio el mercado. Después decidieron  embellecer <personname productid="la Rambla"></personname>la Rambla y así, poco a poco, cada vecino arregló sus balcones e inclusive se ponían sus mejores trajes cada atardecer.

Todos los días bajaban corriendo, temiendo llegar tarde a la puesta del sol, los pescadores se impacientaban cuando no les veían llegar a tiempo y para acortar la espera, comenzaban a abrir las almejas, a elegir los limones y, si éstos no llegaban, los cortaban en dos. Las floristas esperaban con las rosas en la mano como si se tratara de una competencia olímpica. El  pastelero también les tenía envuelto los pasteles cuando comprobaba que venían con retraso. El mar se mostraba furioso si ellos llegaban tarde y en más de una ocasión les lanzó una ola fulminante que si no los arrastró a sus aguas fue porque la roca donde siempre se sentaban los sujetaba maternalmente.

Ella y él pasaron años repitiendo día a día este ritual. La gente de San Antonio, ya los conocía. Desde el día de la boda ellos habían aparecido en sus vidas transformándolas. Siempre los miraban con respeto. “Son los enamorados del puerto”, murmuraban los vecinos. Cada habitante se inventaba una historia distinta.  Aunque nunca conocieron la real.  Las chicas y los chicos del pueblo soñaban con el día del relevo, pero, se sabían incapaces de sustituir a la pareja. Ninguno se consideraba merecedor, ni les cabía en la imaginación tanto amor.

El invierno nunca les impidió llegar a la cita. Para soportar el frío se hicieron sendos abrigos, azules como el mar, con corte de marinero y muy largos. Las botas y las bufandas también eran iguales.  Su paseo en invierno era mucho más relajado. Antes de ponerse el sol y después de las almejas, caminaban como un par de fantasmas por el muelle viejo. La entrada estaba prohibida, pero el guardia era incapaz de preguntarles nada, menos de impedirles el paso. Sin embargo, su mayor entretenimiento era ver la lluvia caer, entonces se sentaban en las viejas escalinatas del muelle  abandonado y se dejaban mojar por esa lluvia espléndida. 

Al  cabo de un rato, corrían hasta su roca, sacaban los pasteles medio húmedos de los bolsillos y se los comían. Y como todos los días antes de que el sol se acostase a dormir en el lecho marino, se besaban con pasión y se juraban promesas que nunca nadie pudo oír.

El primer día de ausencia los pescadores se tuvieron que comer las almejas, el pastelero los pasteles y las floristas preocupadas y temiendo una venganza del mar, corrieron hasta la roca donde ellos se sentaban día a día. El sol todavía dejaba ver una luz medio violeta, pero el mar estaba iracundo. Rápidamente dejaron las rosas y apenas tuvieron tiempo de retirarse cuando una ola azotó el puerto y se llevó las flores.

Los días siguientes el pueblo entero registró casa por casa, sin éxito alguno. Subieron  las montañas, e inclusive indagaron en pueblos aledaños, pero no los encontraron. Nunca más se supo de ellos.

El mar furioso cada día comisionaba a una ola para que escupiera su furia sobre aquella roca. Y las olas obedientes saltaban, azotaban y a veces cansadas de tanto rencor, acariciaban la piedra. Un año después el pueblo entero bajaba con rosas. La roca que acogía a los enamorados se había transformado y el mar se mostraba aquiescente. Desde lejos se podía ver el milagro. La piedra había sido tallada por las mismas olas, y claramente se podía ver en ella la silueta de los enamorados abrazados para siempre, mirando cada día un nuevo atardecer.   

San Antonio, Chile, 1972.

 

 


 
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