"Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo."
G.G. Márquez; Cien años de soledad.
Claudio abrió la cajita de cartón con la solemnidad de quien levanta la tapa de un cofre; me miró un instante calibrando mi capacidad de asombro y colocó aquel trasto sobre la palma de su mano. En su parte superior, junto a un anagrama que rezaba CASIO, había un rectángulo de cristal. Mi primo pulsó 5+3+9 y en la pantallita de vidrio apareció inequívoco un 17.
Nadie tenía algo parecido en Camermeña.
Cal-cu-la-do-ra; se llama cal-cu-la-dor-ra –dijo entonces el primo Claudio sabiendo que mi elocuente boca abierta la daba por ganadora.
Todos los años se acababan las clases y después de los Santicos venía Claudio, el primo de la ciudad. Entre su equipaje traía siempre escondida alguna prueba irrefutable de madurez –era casi dos meses mayor que yo- que le haría líder un verano más: él decidiría los juegos, la poza del río, las tardes de bicicleta o la huerta que allanaríamos.
Calculadora –volvió a repetir entregándome aquel objeto increíble que jubilaba al maestro de Poncebos que se empeñaba en inculcarnos las cuatro reglas. Acaso Don Serafín, el maestro de Poncebos, tampoco estaba al tanto de aquel ingenio.
Me tomé unos minutos para calcular las nulas posibilidades de victoria de la salamandra que viajaba en mi mochila y me dejé caer hacia atrás sobre la hierba.
Tomé entonces la mano de mi primo Claudio y la guié hasta mi pubis. Él la mantuvo allí un instante y la retiró, fascinado por aquella orografía imposible.
Mañana a la mañana cazaremos lagartijas en La Calera –dije devolviéndole la calculadora. e esta vida.