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Colaboraciones

Erotico: "Piel y besos" Autora del cuento: Numancia Rojas Hernández

Publicado por numancia en 17 de Feb de 2006 - 05:36 PM

Erotico

Este cuento fue publicado en el Nº1 de la revista Xiuxiueig. Su nombre original era "Besos y adiós".

PIEL Y BESOS.

Con su lengua barrió todo el cansancio de su piel. Él permanecía inmóvil, tenía la piel erizada y no se atrevía a lanzar ni un solo suspiro por miedo a romper el hechizo. Ella siguió recorriendo todos los caminos que el chico le ofrecía sin reparos, él deseaba experimentar en carne propia lo que tantas veces había oído. Ella besó con ternura las múltiples cicatrices que había en la piel de aquel hombre joven. La huella de los disparos que la rabiosa adolescencia le señaló en la espalda y en la cara fueron acariciados mil veces con la lengua de la mujer. Así, él sabría que en ese momento ella estaba dispuesta a todo, como nunca lo había estado con ningún hombre. Con su lengua siguió rastreando senderos por donde nunca había caminado ninguna mujer, ella daba más, lo curioso es que no pedía nada a cambio. Tal vez mañana me lo pida, pensaba él. Mañana es un tiempo demasiado lejano, por eso quería agradecérselo en ese instante, pero el placer que recibía era tan nuevo y tan intenso a la vez, que omitió todas las frases de gratitud. Ella fue buscando nuevos veredas y se adentró en rutas para ella desconocidas. Se acercó hasta su boca y la encontró ansiosa y deseosa, era una boca que olía bien. Es la juventud, pensó. Exploró los dobleces, los huecos, las curvas y las prolongaciones que sin lugar a dudas él le entregaba.

Ella lamió con ternura aquellos pezones varoniles, planos, vírgenes hasta que los convirtió en dos volcanes que hacían hervir la sangre de él y de ella. Pero no se detuvo en ese instante, volvió a la boca joven, que besaba con besos frescos, con saliva dulce, y al ver que sus ojos le miraban y le suplicaban más, ella besó la frente del hombre y luego los ojos, siempre le gustó besar los ojos de la persona que amaba. Cambió rápidamente de zona porque ella no amaba a aquel chico, sólo lo deseaba, como él a ella. Por lo mismo se dedicó a sus orejas, que eran suaves, cubiertas de una delicada pelusa que le permitía jugar con más placer que el de antes, ya que cuando le besaba las orejas no pensaba en el amor. Él no decía nada, se dejaba amar, seducir, querer y desear, parecía un hombre transformado en un dios, ya nada quedaba de aquel rompecabezas incompleto, ahora tenía más vida que nunca, se sentía más vivo que en toda su existencia. Ahora sentía que sus cinco sentidos estaban despiertos a la vez y todo por la magia de la mujer que continuaba demostrándole que él estaba ahí, y que para ella era lo más importante.

Los pies, de pronto se convirtieron en una fuente de placer insospechado y él que creyó que jamás una mujer se los tocaría. Ahora ella los acariciaba, primero con sus manos, después con su pelo y al final con su boca. Ella besaba casi con descaro aquellos pies desamparados de cariño, lamiendo uno a uno sus dedos. Estaba convencido de que moriría de placer, pero moriría como un dios. Cada caricia recibida fue para el hombre el descubrimiento de una parte de su cuerpo, ya que por donde aquella mujer pasaba la lengua, él sentía que por primera esa zona se despertaba de un letargo infinito. Él se inclinó y volvió a darle a la mujer lo único que sabía dar: su boca fresca, ella la besó, esa boca estaba preparada para entregar pasión y ella absorbió los besos que él le regalaba y así pasaron largo rato, bebiendo una misma saliva.

La noche se mostraba indolente y paulatinamente dejaba de cobijar a los amantes. Él quería demostrarle, antes del amanecer, que su incipiente sexualidad estaría de por vida agradecida. Que estaba aprendiendo. Que aquella era la mejor lección que había recibido jamás. Pedía con las manos un beso aquí y miles más allá. Sí, sí, por aquí por donde yo no sabía que existía, quiero que me beses, quería decirle, por aquí donde mi piel reclama tu boca para seguir viviendo. Aunque las palabras no le salían, ella concedía y besaba también donde su boca no era reclamada. Luego volvía a su boca y entonces, ella creía enloquecer cuando se encontraba con ese sabor tan dulce que él sin saberlo guardaba; como el pobre que pasa su vida sentado sobre un tesoro.

Ella detuvo muchas veces un desenlace prematuro. Quería prolongar al máximo el placer que daba y que recibía con sólo dar. Mil veces recurrió a las manos del joven, y con su lengua pudo leer en sus líneas el destino de aquel encantamiento: el final era cercano, demasiado pronto acabaría la ilusión de aquel instante. Por ello, quiso hacer de esa noche una factura inolvidable. Lamió sus dedos y en el cuenco de sus manos depositó uno y otro beso. Y allí donde no estaba escrito su nombre, lo dejó caer para así señalar un despertar.

Cuando la fiebre del momento cedía, ella la volvía a encender. Él, en medio del delirio, pedía con frenesí a través de sus manos y de su cuerpo, que la locura continuara y que ya nada les detuviera.

Aquella mujer había ganado todo el terreno que quiso. En ese momento todo le pertenecía. Era dueña del instante. Y en un segundo se puede nacer y también morir. En ese cosmos, él moría y nacía a la vez. Ella no lo llevaba al infierno, lo conducía a un pequeño paraíso, a un lugar de donde él no quería salir. El laberinto por donde había reconocido su sexualidad no tenía fin. Tampoco deseaba encontrar la salida. Anhelaba con todo su ser continuar dando vueltas y vueltas y más vueltas. Quería sentirse perdido para siempre. La situación de éxtasis era cómoda. Presentía que ya nunca volvería a sentirse así. En secreto agradeció a la mujer el tiempo de placer y lujuria que le había regalado, sobre todo, la perennidad del mismo. Además deseaba agradecerle la ternura que siempre estuvo presente. Era una amante extraordinaria, sabía poner la cantidad exacta de lujuria y ternura y el resultado era formidable. Insuperable.

Poco antes del amanecer, el placer rindió a los amantes. El se incorporó y cuando el sol entraba modestamente por la ventana la vio y se vio. Se levantó en silencio, tomó su ropa y sus zapatos y sin despertarla ni decir nada se marchó.

Barcelona, junio de 1998.


 
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