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Colaboraciones

Drama: Espuma sin olvido

Publicado por numancia en 02 de Feb de 2006 - 06:20 AM

Drama

Este cuento ha sido publicado en el libro "Viajes, esperanzas y deseos" de la Universidad Jaume I de Castellón, en el número dos de la revista Xiuxiueig y en el libro "Ni brujas ni cenicientas"

ESPUMA SIN OLVIDO

Numancia Rojas Hernández.

 

 

Hace un par de meses la vi en una foto que publicaba el periódico. Estaba muy cambiada, sólo por sus ojos supe que era ella; estaba en el fondo de un grupo de mujeres que pedían justicia y verdad. Nunca pensé que todo iba a seguir igual después de veinte años. Leí los artículos de todos los periódicos y en la mayoría aparecía el grupo de mujeres con Yoli en el último plano. Nunca me he olvidado de ella, de nuestra querida lavandera.

El aroma de la ropa recién lavada era tan agradable que yo no dudaba ni un instante en tomar todas las prendas perfectamente planchadas y olerlas una por una. Cuando Yolanda, Yoli para los clientes y amigos, nos traía el saco con la ropa limpia, yo era la más feliz de toda la familia. Yoli venía todos los miércoles a recoger la ropa sucia de nuestra casa y se la llevaba a la suya situada a unas diez manzanas. Volvía todos los viernes con su cargamento precioso. Yo la esperaba y cuando oía que se acercaba, preparaba mi diminuta nariz para absorber el aroma con que nos devolvía nuestras prendas. Yoli, generalmente, se llevaba las sábanas, las toallas y los manteles para lavarlos en su casa. Se ganaba la vida con este resignado empleo.

Un día le pedí que me dejara acompañarla para ver cómo lo hacía. En mi casa no había lavadora y la ropa pequeña se lavaba a mano, pero de la ropa grande se encargaba Yoli. Ella, con su cara de india siempre alegre, me llevó para que yo observara la mitad del proceso. Por el camino, fue contándome historias bonitas de cuando ella vivía en el Sur. Cuando cruzábamos la calle me tomaba la mano, tenía las manos gorditas y suaves: me gustaba su calorcito. Me daban mucha seguridad. Yo, que para entonces tenía nueve años, la veía a ella tan grande y tan alta que diez años después, cuando la dejé de ver, tuve un enfrentamiento con mis recuerdos, y aunque me hubiera gustado despedirme de ella, preferí no hacerlo por el respeto que me inspiraba. Se había convertido en una mujer pequeña y delgada, como si el paso de los años se hubiera ido comiendo parte de su cuerpo. Seguía teniendo el pelo muy negro y liso, pero sus ojos se habían vuelto tristes y aguados, me di cuenta de que ya no era la misma persona, que el peso del dolor la había transformado y que yo nunca estaría capacitada para volver a hablar con esa mujer sólida y luchadora.

Cuando llegamos a la casa de Yoli descubrí que ella poseía un gran laboratorio: ollas gigantescas, cucharas de madera de más de setenta centímetros, rimero de jabones brutos (sin aroma), garrafas de cloro, cajas de almidón y un cuartucho lleno de troncos. La casa de Yoli olía a limpio, era un olor puro, como nunca he vuelto a sentir. Tenía, además, un pequeño jardín y un patio trasero donde trabajaba lavando ropa ajena.

También tenía un pequeño corral con varias gallinas y un par de gallos, para asegurarse una producción de huevos frescos y de calidad para su pequeño hijo. Lo primero que hacía con nuestra ropa era ponerla a hervir enjabonada, y con las interminables cucharas la removía continuamente. Luego enjuagaba prenda por prenda y las metía en una gigantesca artesa de madera, cogía una escobilla de paja dura y la frotaba con firmeza hasta que la suciedad era desalojada y se asomaba el blanco de las sábanas, las toallas y los manteles. Yoli volvía entonces a hervirla y luego la enjuagaba para dejarla remojando toda la noche con unas cuantas gotas de cloro. Con la ropa de color hacía lo mismo, salvo que no la dejaba en remojo con lejía.

Lo que sucedía al otro día no pude verlo, pero ella me contó que la enjuagaba tres veces y luego la tendía antes de las ocho de la mañana para que le diera el sol. A las cuatro de la tarde recogía toda la ropa del tendedero, la humedecía con un poco de almidón y esperaba hasta el día siguiente para plancharla.

Yoli era una mujer muy trabajadora, porque no tan sólo se encargaba de nuestra ropa sino de la ropa de la mayoría del edificio. ¿Cómo lo hacía para distribuirse el tiempo? ¿Cómo se las arregló para no equivocarse jamás? No lo sé. Lo único que puedo asegurar es que en los años que nos prestó este servicio nunca falló. Era la mujer más puntual que mi padre había conocido. Porque jamás vio a las mujeres de su familia llegando a tiempo a una cita cualquiera.

El día que dejó de ser la mujer más puntual del mundo fue cuando Jaime, su marido, desapareció. Ese día se quedó la sopa sobre la mesa, el pan recién amasado y el niño triste esperándolo. Yoli recorrió el Estadio Nacional y los lugares donde se suponía que estarían todos los que habían desaparecido; pero a Jaime no lo pudo encontrar. Acudió a sus clientes con la esperanza de que alguno tuviera un contacto que pudiera ayudarla a localizar a su compañero, pero temo que nadie pudo resolverle nada.

Cada día, Yoli se levantaba con el canto de los gallos que habitaban en su pequeño patio, se vestía rápidamente y se iba como muchas otras mujeres a las puertas del Estadio Nacional a esperar a que aparecieran las listas que, por gotas, entregaban los militares. Cuando por fin aparecía la dichosa lista, las mujeres corrían alborotadas con la ilusión de que por fin el nombre de su compañero o de su hijo estuviera en ella. Sólo a unas pocas se les devolvía la esperanza, las otras se retiraban amargadas y trataban de reanimarse entre ellas, sabiendo que todavía les quedaba la posibilidad de encontrar el nombre de su ser querido al otro día, al mes siguiente o cuando los militares lo decidieran.

Jaime nunca perteneció a un partido político, pero se le notaba de lejos que era indio; aunque su nombre era español, sus rasgos y su apellido lo delataban. Y ése era su único crimen: ser indio. Yoli siempre supo que ser indio dentro de una ciudad como Santiago era sinónimo de ser marginado, excluido, relegado, apartado y aislado, pero nunca se imaginó que además éste iba a ser un motivo para que le robaran a Jaime, el hombre que amó desde la infancia.

Cuando Jaime y Yoli se casaron, decidieron, pese a las súplicas de sus familiares, irse a la capital. Allí había más recursos. Con tanta gente como vivía en la gran ciudad más de uno necesitaría de sus servicios.

En cuanto la pareja llegó a Santiago, ella divisó aquel mundo de posibilidades con el que había soñado. Con los pocos ahorros y el dinero que les regalaron sus padres compraron un terrenito que vendían en una huerta que recién comenzaba a urbanizarse. Como ellos estaban acostumbrados a soportar el mal tiempo y el frío duro y cruel del sur, no les importó levantar una pequeña tienda y vivir en ella mientras iban construyendo poquito a poco su casita.

 Nada más instalarse en su pequeño territorio iniciaron la búsqueda de trabajo. Jaime encontró un puesto de panadero. Este era un trabajo muy sacrificado y, por esa razón había pocos interesados en realizar esta labor. De lunes a domingo cumplía sagradamente con este oficio. Llegaba a la panadería a las cuatro de la mañana, se ponía su traje blanco y luego tomaba un saco de cincuenta kilos de harina y la mezclaba con agua y levadura y comenzaba a amasar. Tardaba menos de media hora en acariciar esa mezcla con sus manos, sin la valiosa ayuda de modernas máquinas. Luego tardaba otro tanto en darle forma y mientras la leña se encendía, el pan leudaba. Entonces tomaba otro saco y repetía la acción. A eso de las diez de la mañana y cuando el barrio entero ya se había alimentado con su pan, se tomaba un descanso de media hora. Había amasado casi trescientos kilos de harina y eso mataba a cualquier hombre, menos a un indígena como Jaime. Luego continuaba hasta las dos de la tarde y, entonces, se duchaba, se vestía y regresaba a su casa donde Yoli le esperaba con su sonrisa de india alegre y su hijo se volvía todo abrazos y besos para ese padre que lo merecía todo.

Yoli se encargaba de lavar ropa ajena, cocinar para la familia y para diez pensionistas, diez almas en pena que, además de encontrar alimento casero encontraban también un poco de calor de hogar. Todos los días acudían a almorzar a su casa. Yoli hacía este trabajo contenta porque, además de ofrecer una comida hecha con cariño, le daba a esta gente la sensación de comer en su propia casa; además con esta labor entraba un dinero extra que la ayudaba a mantener los gastos del hogar. Yoli se encargaba de llevar al niño al colegio, limpiar la casa y llevar y traer los sacos con la ropa de los demás. Esperaba a su marido con la mesa puesta y una cacerola con sopa caliente para reanimarlo, mientras un guiso sabroso se mantenía a la espera en su cocina de leña.

La vida de ambos transcurría dentro de una feliz monotonía Su mayor alegría era ver a su pequeño hijo crecer. Se conformaban con tener suficiente trabajo, pagar a tiempo sus cuentas y salir a pasear los domingos por la tarde, que era el único momento de descanso para ambos.

El día en que Jaime desapareció, volvía de su trabajo; por lo que supo Yoli cuando hizo el seguimiento. Los últimos en estar con él habían sido los dueños de la panadería, después ya nadie más le vio.

Todos los días Yoli cambiaba la ropa de su cama para esperarlo con olor a limpio, ponía un clavel sobre su almohada y dormía a saltos entre sueños y pesadillas. Se levantaba temprano y se iba al Estadio Nacional a esperar a que saliera la lista de detenidos. Había pasado un mes, y el nombre de Jaime Huanquilén no aparecía ni por error. Ella necesitaba oír su nombre, no tan sólo para volver a soñar junto a él, sino que precisaba tener la certeza de que estaba vivo. Tenía que encontrarlo y no pararía su lucha hasta saber qué había sido de él. Requería la esperanza de imaginarlo con vida, pero ésta se alejaba de lunes a viernes mientras escuchaba los nombres de otros detenidos, personas que los militares aún tenían con “vida”.

Sabía que tendría que trabajar el doble, pero ya no podía atender a sus pensionistas, y en más de una ocasión no apareció por casa los miércoles a buscar el saco de ropa sucia, sino los viernes. Lo mismo sucedía con los demás clientes. Nuestra familia siempre la esperó con la seguridad de que de un momento a otro iría a buscar el trabajo que la aguardaba. Cuando ella aparecía, no quería acercarme a ella; tenía tanto respeto por su dolor que no quería que me viera y no saber qué decirle. Por eso me escondía en mi habitación y, cuando se iba, me asomaba a la ventana para mirarla marcharse. De lejos se podía percibir el peso que soportaba. Ya no iba erguida, una curva triste le doblaba la espalda, llevaba la vista puesta en el suelo como si quisiera encontrar la respuesta en el camino que la llevaba a su casa.

El día en que dejaron de aparecer las listas con los nombres de los detenidos, se le durmieron las esperanzas en un lugar de su alma, la mirada se le volvió triste para siempre y la boca se le llenó de amargura. Ese día tomó la decisión de volver a luchar por la familia que constituían su hijo y ella.

Yoli volvió a la carga, aunque no era la misma. Continuó con su oficio de lavandera, hundiéndose en la espuma de la ropa ajena. Volvió a ofrecer almuerzo a sus antiguos pensionistas y captó cuatro clientes más. No tuvo derecho a una pensión porque no se pudo demostrar que su marido estaba muerto. Tampoco tuvo derecho a conocer la verdad, porque no se pudo demostrar que su marido había sido detenido.

Con la ayuda de sus antiguos clientes, consiguió otros más para lavarles la ropa sucia. Sabía que su oficio pronto se acabaría con la aparición de las lavadoras automáticas, que eran capaces de lavar la ropa grande y entregarla casi seca. Por eso se esmeraba en dejarla más limpia aún y envuelta en ese aroma tan característico con que nos la entregaba. Estaba dispuesta a luchar y romperse el alma trabajando para sacar adelante a su hijo. Se prometió educarlo para que nunca la historia volviera a repetirse. Se prometió crearle una conciencia dispuesta a luchar y un espíritu emprendedor. Se prometió darle todo lo que le hubiera dado su compañero.

Ya nunca más pude pedirle que me llevara a su casa. Pero pasé días soñando con volver a ver su otra cara y ver la alegría que antes destilaba como un aroma del que uno no se puede olvidar.

Los años pasaron y mi familia tomó la decisión de marcharse del país amado. Parecía que éste nunca iba a retomar el camino de la democracia y nos fuimos lejos, a otro que nos acogió bien.

Cada vez que huelo la ropa recién lavada, me acuerdo de Yoli; nunca he conseguido volver a sentir ese olor tan delicado y embriagador en el que yo me perdía los viernes, cuando Yoli nos traía el cargamento de ropa limpia. Han pasado los años y siempre me pregunté qué sería de Yoli.

 Nunca tuve respuestas, pero hace unos meses, siguiendo las noticias que publicaban todos los periódicos, anunciando la detención del ex dictador en Londres, contemplé las fotos de las mujeres que aparecían en grupo y entre ellas pude reconocer con mucha dificultad a Yoli, nuestra querida lavandera. Las cosas seguían igual. Jaime nunca apareció. Leí la prensa cientos de veces e hice un pequeño dossier con las noticias que día a día se iban publicando.

Siempre vuelvo al día en que Yoli apareció en la foto, como una víctima más del dolor que azotó a miles de familias chilenas. Miro su foto y luego cierro el periódico e intento imaginar los años que ha vivido con la angustia y con la esperanza de volver a verlo, pero no puedo; tanto dolor no cabe en mi imaginación. Trato de vislumbrar el destino de su hijo, y lo veo luchando, ya debe tener unos treinta años, pero me lo imagino más joven, con el pelo largo, liso y negro, de pie, como los indios históricos y en vez de una lanza, veo en sus manos libros, muchos libros de derecho, libros de donde sacar leyes para obtener justicia, lo veo inagotable como sus padres y sabio como se debe haber empeñado Yoli en que sea. Seguro de sí mismo, porque ha logrado conquistar todos los sueños de su madre, y los suyos propios. Además me lo imagino casado y padre de un hermoso niño con rasgos indígenas, en fin, un nieto para alegrar la vida de su abuela. Me consuela tener estas ideas del hijo de Yoli, porque yo, desde la distancia, y a pesar de mis propias luchas y desventuras, aún me siento pequeñita ante la inmensidad de esta mujer sin igual.

      Barcelona, diciembre de 1998

 


 
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